Llegamos a Tromsø a las 8 de la tarde. No las teníamos todas con nosotros, porque no estaba muy claro si cuadraban los buses, pero lo conseguimos. Junto al polo norte, encontramos la ciudad más animada de todo el país, con una calle principal llena de bares, y ambiente de fin de semana en cada esquina. Lo mejor de la ciudad, las vistas desde lo alto del teleférico, aunque llegados a este punto, ya no nos impresiona tanto. De camino al centro, nos cruzamos con un barco de National Geografic, probablemente camino a una expedición polar.
Ayer llegamos a Oslo de nuevo, y volvimos a pasear por la ciudad. No nos podíamos ir, eso sí, sin pasar por el museo Munch, para ver El Grito, y el resto de la colección, de la que de entrada, no nos sonaban muchos títulos más. En unas horas salimos para Madrid. El viaje llega a su fin, dos semanas llenas de paisajes increíbles. Solo nos queda convocaros en Madrid, para enseñaros las fotos con una cerveza.
kimbaleros entre vikingos
lunes, 22 de agosto de 2011
sábado, 20 de agosto de 2011
En el fin del mundo
Nuestro viaje hasta las Islas Lofoten podría haber salido fatal, pero encajó como un reloj. Para llegar a nuestro destino enlazamos tren, ferry y autobús, y cada uno partía a la misma hora que llegaba el anterior. No debíamos ser los primeros en intentarlo, así que los transbordos estaban bien sincronizados.
Nuestro primer contacto con el círculo polar lo tuvimos en el tren, cuando amaneció a las 3 am. De Bodø no os podemos contar nada, excepto que la parada de tren está a 200 m del puerto, de donde parte el ferry. El viaje en barco dura unas tres horas, y aunque llevamos varios ya en estas dos semanas, es el primero que tomamos en mar abierto. No estamos acostumbrados al balanceo, y hemos tenido que salir a la cubierta para no marearnos.
Las Islas Lofoten ya son impresionantes desde antes de llegar. Se trata de un archipiélago, con cuatro islas principales muy montañosas, e incontables de menor tamaño, que se sitúan una a continuación de la anterior. Al acercarse desde el mar, uno tiene la sensación de estar ante una muralla que cierra el paso hacia el Océano Ártico. O de acercarse al fin del mundo.
Lo que hemos encontrado allí, nos hace seguir creyendo que el borde de la Tierra no debe de andar lejos. Montañas tremendamente escarpadas, que salen del agua para desaparecer en las nubes, se alternan con marismas y pequeñas playas en las que la neblina se queda atrapada. El clima es tremendamente cambiante, en un solo día puede llover, despejar completamente, y amanecer cubierto de una niebla tan densa que uno se plantea si merece la pena salir a ver algo. En conjunto, aquí la que manda es la naturaleza, y las pocas personas que viven, se adaptan a ella. Para concluir nuestra última etapa, que ha estado al nivel del resto del viaje, desde el extremo más al noreste de las islas, Eggun, nos ha sorprendido un atardecer tan impresionante como interminable.
El alojamiento que hemos encontrado, tampoco deja indiferente. Una casa de pescadores, reconvertida en hostal, en el mismo puerto de un pueblo de no más de 1.000 personas, regentada por el propio pescador, un hombre grande, de pocas e impredecibles palabras, pero probablemente de buen trato con los días, según nos dicen los alberguistas que llevan más tiempo. En el muelle hay un par de botes, disponibles para el que quiera pescar algún bacalao para cenar, y aunque nos hemos animado, no hemos tenido ni suerte ni paciencia. El salón principal, a la hora de la cena, es acogedor, lleno de gente, y el lugar ideal para compartir con alguien de USA, Italia o Cataluña lo que hemos visto, y consejos para lo que nos queda.
Mañana sábado, nos espera otra jornada larga. Entre Lofoten, y nuestro destino antes de Oslo, la ciudad más septentrional del país, Tromsø, hay al menos 800 km. Si todo sale bien, llegaremos para cenar, y nos iremos antes del desayuno.
viernes, 19 de agosto de 2011
Cuadrando planes
Nuestro segundo día en Trondheim, hemos cambiado la visita turística, por poner un poco de orden en el resto del viaje. Esta noche cogeremos un tren nocturno hacia Bodo, y el día 21 a las 8 am un vuelo en Tomso, dirección Oslo. Entre medias, tenemos 3 días para conocer las Islas Lofoten, y recorrer muchos kilómetros, aún no sabemos en qué medio de transporte. Hemos tomado como"Cuartel General" el McDonald, por ofrecernos comida a precio razonable y, lo que es más importante, wi-fi gratis. Desde ahí, hemos realizado múltiples incursiones a la cabina telefónica, la oficina de turismo, y la tiendas de alquiler de coches. Nuestro viaje está menos cerrado según nos acercamos al círculo polar, y parece que no va a ser fácil organizarlo desde aquí a menos de un día de partir. Casi 4 horas nos ha llevado tener un plan claro de cómo llegar, alojamiento y una idea aproximada de como salir. Esperemos que no fallen el plan A y el plan B...
Lo que ha sobrado de la tarde, antes de la salida de nuestro tren, lo hemos dedicado a pasear de nuevos la ciudad, esta vez yendo solo a los sitios que nos atrajeron más ayer. Hemos vuelto a la catedral y al barrio antiguo, de casas de madera. Haciendo lo que es un exceso en este viaje, nos hemos metido en una terraza a tomar una cerveza (exceso, porque dos rondas nos ha costado lo mismo que dormir una noche). Después de tantas horas metidos en un McDonald, nos merecíamos algo en condiciones, y hemos tenido suerte. La terraza, que era agradable, se completaba con un bar bien decorado, y un pasillo largo, que lleva a otra sala, en la que se sirven cervezas en una biblioteca, sobre la mesa de una maquina de escribir, o un escritorio de 70 años atrás. Por la ventana, se ve el río, con otra pequeña terraza. No hemos encontrado este sitio en ninguna guía, pero merecería estarlo. Por si pasáis por Trondheim, buscad el Antikvarietat, y decid que vais de nuestra parte.
En la estación, nos esperaba la anécdota del día. Al intentar abrir nuestra consigna con todos nuestros macutos, el código no funcionaba. ¡Y a las 23 h, iba a ser difícil encontrar a alguien de la empresa! Tras varios intentos infructuosos, y la ayuda de otro pasajero, hemos llamado al móvil de emergencia, y mágicamente ha aparecido un señor por la escalera hablando por teléfono (con nosotros), que nos ha abierto. "no se pueden poner cosas más allá de la línea roja, si no, no cierra bien", nos ha dicho, señalando una línea sepultada por macutos, bolsas,...
El tren no está mal, los sillones son amplios, y nos han dejado mantas, antifaz y tapones para dormir. Y tendremos que sacarles partido, porque mañana espera el principio del fin de nuestro viaje: las Islas Lofoten.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Carretera, nubes y Tromdheim
Evidentemente, no todo puede ser paisaje tras paisaje, incluso en un país como este que nos ha sorprendido hasta ahora cada día. Concluida la zona de los fiordos occidentales, y camino a Tromdheim, la ciudad en la que partiremos hacia el Círculo Polar, han desaparecido los lagos, las grandes montañas, y los pocos turistas que quedaban. En el coche, a ambos lados de la carretera, el entorno nos recuerda más a Castilla León, que a lo que hemos visto hasta ahora. No nos quedaban muchos kilómetros, no más de 200 para hacer en dos días, así que hemos tenido más tiempo que en el resto del viaje para hablar, cocinar y comer bien, y para no hacer nada que para algo estamos de vacaciones.
Ayer por la tarde llegamos a Trondheim, una ciudad universitaria, bastante agradable. La ciudad tiene buen ambiente, y tiene un par de zonas para visitar, la catedral y el centro, de época medieval, pero probablemente las guías exageran cuando hablan de "una maravilla que enamora por su encanto" y cosas así. Quizás nos ha decepcionado un poco para lo que habíamos leído, y por lo que hemos vivido ya, pero la visita merece la pena. Por cierto, si venís a Trondheim alguna vez, hacedlo entre el 1 de julio y el 12 de agosto, el mejor alojamiento de la ciudad es la residencia de estudiantes, abierta para turistas en esas fechas...¡no lo hemos pillado por los pelos!
Este descanso nos ha servido para repasar las fotos, leer vuestros comentarios en el blog (¡Gracias!), y tratar de coordinar transportes en las islas Lofoten. Tenemos tres días para visitar ese, dicen, impresionante extremo del mundo, y no es tan fácil como hasta ahora cuadrar ferrys, buses y aviones. Para empezar esta noche, tren nocturno. Hasta entonces, tenemos unas hora para terminar de ver esta ciudad de paso.
Ayer por la tarde llegamos a Trondheim, una ciudad universitaria, bastante agradable. La ciudad tiene buen ambiente, y tiene un par de zonas para visitar, la catedral y el centro, de época medieval, pero probablemente las guías exageran cuando hablan de "una maravilla que enamora por su encanto" y cosas así. Quizás nos ha decepcionado un poco para lo que habíamos leído, y por lo que hemos vivido ya, pero la visita merece la pena. Por cierto, si venís a Trondheim alguna vez, hacedlo entre el 1 de julio y el 12 de agosto, el mejor alojamiento de la ciudad es la residencia de estudiantes, abierta para turistas en esas fechas...¡no lo hemos pillado por los pelos!
Este descanso nos ha servido para repasar las fotos, leer vuestros comentarios en el blog (¡Gracias!), y tratar de coordinar transportes en las islas Lofoten. Tenemos tres días para visitar ese, dicen, impresionante extremo del mundo, y no es tan fácil como hasta ahora cuadrar ferrys, buses y aviones. Para empezar esta noche, tren nocturno. Hasta entonces, tenemos unas hora para terminar de ver esta ciudad de paso.
domingo, 14 de agosto de 2011
Persiguiendo a los Trolls
Definitivamente, o tenemos buena suerte, o en este país hay un paisaje brutal detrás de cada curva de carretera. Nuestro camping, en Olden, se encuentra en la orilla de un lago, rodeado de montañas, entre las que asoman lengua del glaciar. Impresionante. Más que fotos, lo que apetece es sentarse a ver pasar la horas, en la puerta de la cabaña, o en un banco a pie del agua, de día, o de noche, cuando una luna llena enorme completa la escena. Por la tarde, hay un concierto de música de folk, y Fer ha aprovechado para llevarse un CD de recuerdo.
Al día siguiente, cogemos de nuevo el coche, camino a nuestro siguiente destino marcado, el fiordo que recorre la distancia entre Hellesylt y Geiranger, famoso por sus cascadas, como las Siete Hermanas. Sin embargo, lo de menos es el destino. En el camino, nos cruzamos con multitud de pequeños fiordos, y pueblos con paisajes al menos tan impactantes, pero con nombres que no vienen en nuestra guía: Loen, Langeset, Graven, Jutdalen,...Lo escarpado de este terreno, además de su belleza, pone las barreras necesarias como para que no esté inundado de turistas. Viajar con coche propio vuelve a ser un gran acierto.
Las vistas, en el ferry de nuevo, son únicas. Sin embargo, tras cuatro días recorriendo estos paisajes, no nos impresiona tanto como al principio, sino que nos sentimos más bien parte de la escena. Lo que nos atrae ahora es verlo desde arriba, mirar al fiordo desde lo alto de los cortados, que en algunos puntos son mas de un kilómetro de caída vertical. Las vistas desde los miradores, y desde la carretera "del águila", son un nuevo estímulo para nuestras ya sobrecargadas retinas.
Pero quizás lo mejor del día estaba por llegar. El camino nos lleva hacia Alesund, por la llamada "Carretera del Troll". En esta región, debían de creer los vikingos que vivían estos medio hombres medio monstruos, incluso aún deben de pensarlo porque en la carretera hay señales de "cuidado Trolls". el paisaje cambia bruscamente. Desapareen los árboles y la vegetación. Queda un paisaje casi lunar, en el que permanecen las grandes rocas y cortados, pero escasamente hay algún arbusto, y algo de musgo. Los colores se multiplican, del habitual verde y azul, a grises del blanco al negro, rojos, verdes y naranjas. Hasta llegar a la gran cascada, de casi 200 metros de alto, que sobrecoge incluso en agosto, cuando debe de bajar con menos agua. Acabamos el día como empezamos, en una cabaña, en un camping, rodeados de naturaleza, y vistas suficientes como para pasar varios días sin movernos de su puerta.
sábado, 13 de agosto de 2011
Jostedalsbreen, o nuestra aventura en el hielo
De Balestrand, seguimos en autobús hasta Sogndal, no porque hubiera nada interesante que ver sino para recoger nuestro coche de alquiler. Nos costó encontrarlo más de lo previsto, la oficina no estaba exactamente en el pueblo, sino a 11 km, en otra aldea denominada Kaupanger. Así que tuvimos que coger otro autobús. Ya allí, aprovechamos para ver su puerto, y su iglesia de madera, de las más antiguas de Noruega: de 1184 nada menos.
Nuestro plan era llegar al glaciar de Jostedalsbreen, el más grande de la Europa continental, para verlo, y si fuera posible, poner nuestros pies sobre él. Hemos mirado varias ciudades que están cerca, y en la oficina de turismo nos han recomendado Gjerde, al pie de la lengua más accesible, Nigarsbreen. Nos aleja bastante de nuestro recorrido, pero allá fuimos, y no nos arrepentimos. Para variar, hemos encontrado otra cabaña para alojarnos a un precio ridículo, que nos permite compensar lo que nos cuesta comer. Llegamos por la tarde y las excursiones con guía son por la mañana, pero no hemos podido resistirnos y nos hemos acercado a verlo antes de cenar.
El camino a pie hasta la base es accesible, no demasiado escarpado, y bien señalizado con marcas entre las piedras. Ya desde el aparcamiento, se ve la gran masa de hielo, que parece arrastrase desde la cima y entre las montañas, hasta llegar a un enorme lago. Según nos acercamos, se va haciendo más grande, hasta ser mucho mayor de lo que nos habíamos imaginado. A esta hora, prácticamente somos las únicas personas que se acercan al glaciar, las masas de turistas no son un problema para sentarse en una roca a dejar pasar el tiempo mirando al hielo. Ya por la noche, en el camping, el iPad nos viene estupendo para jugar un pictionary improvisado.
A las 10 am hemos quedado junto al glaciar con nuestro guía. Nos equipan con crampones, piolets y arneses, y nos vamos a lo alto del glaciar, en una cordada de unos 15 turistas. Hoy hemos decidido separarnos, de dos en dos, para hacer cada uno una ruta a nuestra medida: Destro y Fer, lo bastante larga como para no quedarse con ganas de más, Olí y Julia algo más corta, y porque su guía era bastante más "apretable". El paseo por el hielo, sobre el glaciar, es alucinante. Formas impensables hacia arriba y hacia abajo, crestas y agujeros, de colores blancos, negros y azules, se abren paso a ambos lados. Entre las grietas, se oye correr el agua, y es que el glaciar, por dentro, está lleno de corrientes que vienen desde la cumbre. Las zonas más escarpadas están a ambos lados junto a las rocas, ya que el avance del hielo, de varios metros al año, lo comprime contra las rocas hasta colapsarlo y hacerlo estallar en forma de grandes crestas. El hielo también es aquí de un azul más intenso, celeste, porque la presión lo cristaliza. El color negro de la superficie son los restos de roca arrancados en su avance.
Seguimos camino al norte. Hoy dormiremos en Olden, desde donde también se puede ver el glaciar. La carretera, desde la que escribimos hoy, rodea el glaciar, entre montañas, valles, y brazos del fiordo. Las vistas por la ventanilla son dignas de parar cada curva, pero tenemos que llegar para cenar. Y darnos una ducha, que no nos viene nada mal.
jueves, 11 de agosto de 2011
Sognefjorden, el mayor fiordo del mundo
Nuestro ferry a Balestrand, un pequeño pueblo en el centro de Sognefjorden
, el fiordo más grande de Noruega, sale a las 8am, así que hemos tenido que madrugar bastante. Y nos ha faltado poco para quedarnos en tierra, cuando hemos llegado, corriendo, estaban subiendo la pasarela.
El viaje es espectacular. Desde el comienzo, el barco navega por una mezcla de río y mar, rodeado de montañas, y que a tramos es más estrecho, para abrirse luego hasta alcanzar, al menos un kilómetro de ancho. En la orilla, hay casas aisladas, a las que no queda claro cómo llegan los que viven ahí, porque no todas están cerca de una carretera. El fiordo no parece tener fin, desde la cubierta.
El barco avanza rápido, bastante más que el ferry que nos llevó a través del fiordo entre Flåm y Gudvangen. En la cubierta, cuesta mantenerse en pie con el viento. Salimos a ratos, cuando tenemos las mejores vistas, o justo antes de llegar a nuestro destino, Balestrand.
Es un pequeño pueblo, de unos mil habitantes, con casas muy dispersas. Da igual que uno esté en la oficina de turismo, el muelle o en mitad de la calle, se respira tranquilidad por todas partes. Además, hemos tenido suerte con el tiempo y un sol español nos ha acompañado todo el día. Después de montar nuestra tienda en el camping, y echarnos una buena siesta (nos hemos despertado a las 6), hemos hecho una pequeña marcha a un mirador con unas vistas impresionantes del fiordo por el que hemos venido. La tarde acaba con un descanso a pie del muelle, donde uno no tiene claro si está en la playa o en mitad de los Alpes cuando mira el paisaje, y con una partida de poker.
, el fiordo más grande de Noruega, sale a las 8am, así que hemos tenido que madrugar bastante. Y nos ha faltado poco para quedarnos en tierra, cuando hemos llegado, corriendo, estaban subiendo la pasarela.
El viaje es espectacular. Desde el comienzo, el barco navega por una mezcla de río y mar, rodeado de montañas, y que a tramos es más estrecho, para abrirse luego hasta alcanzar, al menos un kilómetro de ancho. En la orilla, hay casas aisladas, a las que no queda claro cómo llegan los que viven ahí, porque no todas están cerca de una carretera. El fiordo no parece tener fin, desde la cubierta.
El barco avanza rápido, bastante más que el ferry que nos llevó a través del fiordo entre Flåm y Gudvangen. En la cubierta, cuesta mantenerse en pie con el viento. Salimos a ratos, cuando tenemos las mejores vistas, o justo antes de llegar a nuestro destino, Balestrand.
Es un pequeño pueblo, de unos mil habitantes, con casas muy dispersas. Da igual que uno esté en la oficina de turismo, el muelle o en mitad de la calle, se respira tranquilidad por todas partes. Además, hemos tenido suerte con el tiempo y un sol español nos ha acompañado todo el día. Después de montar nuestra tienda en el camping, y echarnos una buena siesta (nos hemos despertado a las 6), hemos hecho una pequeña marcha a un mirador con unas vistas impresionantes del fiordo por el que hemos venido. La tarde acaba con un descanso a pie del muelle, donde uno no tiene claro si está en la playa o en mitad de los Alpes cuando mira el paisaje, y con una partida de poker.
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