sábado, 20 de agosto de 2011
En el fin del mundo
Nuestro viaje hasta las Islas Lofoten podría haber salido fatal, pero encajó como un reloj. Para llegar a nuestro destino enlazamos tren, ferry y autobús, y cada uno partía a la misma hora que llegaba el anterior. No debíamos ser los primeros en intentarlo, así que los transbordos estaban bien sincronizados.
Nuestro primer contacto con el círculo polar lo tuvimos en el tren, cuando amaneció a las 3 am. De Bodø no os podemos contar nada, excepto que la parada de tren está a 200 m del puerto, de donde parte el ferry. El viaje en barco dura unas tres horas, y aunque llevamos varios ya en estas dos semanas, es el primero que tomamos en mar abierto. No estamos acostumbrados al balanceo, y hemos tenido que salir a la cubierta para no marearnos.
Las Islas Lofoten ya son impresionantes desde antes de llegar. Se trata de un archipiélago, con cuatro islas principales muy montañosas, e incontables de menor tamaño, que se sitúan una a continuación de la anterior. Al acercarse desde el mar, uno tiene la sensación de estar ante una muralla que cierra el paso hacia el Océano Ártico. O de acercarse al fin del mundo.
Lo que hemos encontrado allí, nos hace seguir creyendo que el borde de la Tierra no debe de andar lejos. Montañas tremendamente escarpadas, que salen del agua para desaparecer en las nubes, se alternan con marismas y pequeñas playas en las que la neblina se queda atrapada. El clima es tremendamente cambiante, en un solo día puede llover, despejar completamente, y amanecer cubierto de una niebla tan densa que uno se plantea si merece la pena salir a ver algo. En conjunto, aquí la que manda es la naturaleza, y las pocas personas que viven, se adaptan a ella. Para concluir nuestra última etapa, que ha estado al nivel del resto del viaje, desde el extremo más al noreste de las islas, Eggun, nos ha sorprendido un atardecer tan impresionante como interminable.
El alojamiento que hemos encontrado, tampoco deja indiferente. Una casa de pescadores, reconvertida en hostal, en el mismo puerto de un pueblo de no más de 1.000 personas, regentada por el propio pescador, un hombre grande, de pocas e impredecibles palabras, pero probablemente de buen trato con los días, según nos dicen los alberguistas que llevan más tiempo. En el muelle hay un par de botes, disponibles para el que quiera pescar algún bacalao para cenar, y aunque nos hemos animado, no hemos tenido ni suerte ni paciencia. El salón principal, a la hora de la cena, es acogedor, lleno de gente, y el lugar ideal para compartir con alguien de USA, Italia o Cataluña lo que hemos visto, y consejos para lo que nos queda.
Mañana sábado, nos espera otra jornada larga. Entre Lofoten, y nuestro destino antes de Oslo, la ciudad más septentrional del país, Tromsø, hay al menos 800 km. Si todo sale bien, llegaremos para cenar, y nos iremos antes del desayuno.
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bueno bueno! vaya pasada! tendremos que ver el álbum de Dex (¿harás otro este año, no?) para no perdernos detalles de lo que Ferrrr escribe tan literariamente jajaja!
ResponderEliminarun besazo y a aprovechar el último día! ;)