sábado, 13 de agosto de 2011

Jostedalsbreen, o nuestra aventura en el hielo


De Balestrand, seguimos en autobús hasta Sogndal, no porque hubiera nada interesante que ver sino para recoger nuestro coche de alquiler. Nos costó encontrarlo más de lo previsto, la oficina no estaba exactamente en el pueblo, sino a 11 km, en otra aldea denominada Kaupanger. Así que tuvimos que coger otro autobús. Ya allí, aprovechamos para ver su puerto, y su iglesia de madera, de las más antiguas de Noruega: de 1184 nada menos.
Nuestro plan era llegar al glaciar de Jostedalsbreen, el más grande de la Europa continental, para verlo, y si fuera posible, poner nuestros pies sobre él. Hemos mirado varias ciudades que están cerca, y en la oficina de turismo nos han recomendado Gjerde, al pie de la lengua más accesible, Nigarsbreen. Nos aleja bastante de nuestro recorrido, pero allá fuimos, y no nos arrepentimos. Para variar, hemos encontrado otra cabaña para alojarnos a un precio ridículo, que nos permite compensar lo que nos cuesta comer. Llegamos por la tarde y las excursiones con guía son por la mañana, pero no hemos podido resistirnos y nos hemos acercado a verlo antes de cenar. 
El camino a pie hasta la base es accesible, no demasiado escarpado, y bien señalizado con marcas entre las piedras. Ya desde el aparcamiento, se ve la gran masa de hielo, que parece arrastrase desde la cima y entre las montañas, hasta llegar a un enorme lago. Según nos acercamos, se va haciendo más grande, hasta ser mucho mayor de lo que nos habíamos imaginado. A esta hora, prácticamente somos las únicas personas que se acercan al glaciar, las masas de turistas no son un problema para sentarse en una roca a dejar pasar el tiempo mirando al hielo. Ya por la noche, en el camping, el iPad nos viene estupendo para jugar un pictionary improvisado.
A las 10 am hemos quedado junto al glaciar con nuestro guía. Nos equipan con crampones, piolets y arneses, y nos vamos a lo alto del glaciar, en una cordada de unos 15 turistas. Hoy hemos decidido separarnos, de dos en dos, para hacer cada uno una ruta a nuestra medida: Destro y Fer, lo bastante larga como para no quedarse con ganas de más, Olí y Julia algo más corta, y porque su guía era bastante más "apretable". El paseo por el hielo, sobre el glaciar, es alucinante. Formas impensables hacia arriba y hacia abajo, crestas y agujeros, de colores blancos, negros y azules, se abren paso a ambos lados. Entre las grietas, se oye correr el agua, y es que el glaciar, por dentro, está lleno de corrientes que vienen desde la cumbre.  Las zonas más escarpadas están a ambos lados junto a las rocas, ya que el avance del hielo, de varios metros al año, lo comprime contra las rocas hasta colapsarlo y hacerlo estallar en forma de grandes crestas. El hielo también es aquí de un azul más intenso, celeste, porque la presión lo cristaliza. El color negro de la superficie son los restos de roca arrancados en su avance.
Seguimos camino al norte. Hoy dormiremos en Olden, desde donde también se puede ver el glaciar. La carretera, desde la que escribimos hoy, rodea el glaciar, entre montañas, valles, y brazos del fiordo. Las vistas por la ventanilla son dignas de parar cada curva, pero tenemos que llegar para cenar. Y darnos una ducha, que no nos viene nada mal.

2 comentarios:

  1. Me encantan estas fotos y veros tan abrigaditos mientras aquí nos morimos de calor. Aprovechad que no sabéis la que os espera aquí por los madriles. Estar sobre y dentro de un glaciar es alucinante, yo estuve en uno en Chamonix y es una de las experiencias más bonitas de mi vida. El azul turquesa de los glaciares un precioso y parece como una piedra de joyería. Lo dicho que os paseis bomba y que sigáis subiendo fotos. Son preciosas, ¡que envidieja!

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  2. Jajja qué pasada! vuestras caras de flipe lo dicen todo! oye tenéis alguna foto del guía apretable? no se puede decir y no enseñar!! jajaj
    besos y que siga la aventura! ;)

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