domingo, 14 de agosto de 2011
Persiguiendo a los Trolls
Definitivamente, o tenemos buena suerte, o en este país hay un paisaje brutal detrás de cada curva de carretera. Nuestro camping, en Olden, se encuentra en la orilla de un lago, rodeado de montañas, entre las que asoman lengua del glaciar. Impresionante. Más que fotos, lo que apetece es sentarse a ver pasar la horas, en la puerta de la cabaña, o en un banco a pie del agua, de día, o de noche, cuando una luna llena enorme completa la escena. Por la tarde, hay un concierto de música de folk, y Fer ha aprovechado para llevarse un CD de recuerdo.
Al día siguiente, cogemos de nuevo el coche, camino a nuestro siguiente destino marcado, el fiordo que recorre la distancia entre Hellesylt y Geiranger, famoso por sus cascadas, como las Siete Hermanas. Sin embargo, lo de menos es el destino. En el camino, nos cruzamos con multitud de pequeños fiordos, y pueblos con paisajes al menos tan impactantes, pero con nombres que no vienen en nuestra guía: Loen, Langeset, Graven, Jutdalen,...Lo escarpado de este terreno, además de su belleza, pone las barreras necesarias como para que no esté inundado de turistas. Viajar con coche propio vuelve a ser un gran acierto.
Las vistas, en el ferry de nuevo, son únicas. Sin embargo, tras cuatro días recorriendo estos paisajes, no nos impresiona tanto como al principio, sino que nos sentimos más bien parte de la escena. Lo que nos atrae ahora es verlo desde arriba, mirar al fiordo desde lo alto de los cortados, que en algunos puntos son mas de un kilómetro de caída vertical. Las vistas desde los miradores, y desde la carretera "del águila", son un nuevo estímulo para nuestras ya sobrecargadas retinas.
Pero quizás lo mejor del día estaba por llegar. El camino nos lleva hacia Alesund, por la llamada "Carretera del Troll". En esta región, debían de creer los vikingos que vivían estos medio hombres medio monstruos, incluso aún deben de pensarlo porque en la carretera hay señales de "cuidado Trolls". el paisaje cambia bruscamente. Desapareen los árboles y la vegetación. Queda un paisaje casi lunar, en el que permanecen las grandes rocas y cortados, pero escasamente hay algún arbusto, y algo de musgo. Los colores se multiplican, del habitual verde y azul, a grises del blanco al negro, rojos, verdes y naranjas. Hasta llegar a la gran cascada, de casi 200 metros de alto, que sobrecoge incluso en agosto, cuando debe de bajar con menos agua. Acabamos el día como empezamos, en una cabaña, en un camping, rodeados de naturaleza, y vistas suficientes como para pasar varios días sin movernos de su puerta.
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La envidia empieza a volverse insana. Parece que estais pasando a lo de bueno, mejor óptimo. Seguid contándonos todas las maravillas que vais descubriendo. Aquí, pasando calor e invadidos de peregrinos de todos los paises. Es como la cara y la cruz. Vosotros en paisajes solitarios, y nosotros en la ciudad rodeados de millones de personas. Madrid está alegre y bullicioso, como decía un escritor del siglo XIX cuyo nombre no recordamos.
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